La deuda de los municipios

El diario El Independiente de Granada trajo el 6 de julio una de esas noticias que hacen hervir la sangre. El titular, «Dieciséis municipios granadinos aumentaron su deuda con los bancos el año pasado», da una idea del contenido. Escudriñar los datos que acumula el INE en sus almacenes es algo engorroso y se agradece que algún licenciado en Periodismo se haya tomado la molestia en hacerlo por nosotros, que para eso estudió lo que estudió.

Sin embargo, la seca exposición de los datos en una tabla, incluso añadiendo la variación interanual y el orden en el escalafón de municipios de la provincia según el importe per cápita de la deuda, puede dar lugar a un peligroso populismo, tan propio -por otra parte- de la demagogia que mueve la política contemporánea. Partiendo de que gastar más de lo que se tiene es, por lo general, condenable, ¿por qué hemos de aceptar acríticos que todo aumento de la deuda es malo? ¿Por qué tiene ese análisis que ser de ámbito municipal, como si el municipio fuese propiedad única y exclusiva de sus habitantes? ¿Acaso se computa la inversión en una calle como exclusiva de quienes viven en ella, en lugar de toda la ciudad?

En Alcaicería creemos en la unidad nacional, una de cuyas propiedades constituyentes es la solidaridad. Aquella, por ejemplo, que reconstruyó las provincias de Valencia y Barcelona tras las respectivas riadas del 57 y el 6. ¿Cómo no entender que las deudas municipales sean cosa de todos –res publica-?

No sabemos quién gobierna allí ni nos importa, pero si La Taha ha acumulado 1.316.000 euros de deuda, es decir, 2.015 euros por habitante, ¿no puede considerarse un deber comarcal, provincial y nacional el cubrir las deudas de ese -como de otros cuantos- rincón alpujarreño? Por ponernos estupendos en Historia, ¿acaso dudó Felipe II en volcar los arcones del tesoro real y arriesgar la vida de su hermano Don Juan de Austria para aplacar la rebelión de los moriscos? Se ha perdido la perspectiva al convertir la política, embarrándola, en una cuestión de números.

Nos dirán que la Administración tiene mil mecanismos para acudir a fondos públicos regionales, nacionales y comunitarios, pero una subvención (porque no son otra cosa esas ayudas) es una cadena. ¿A quién tienen que recurrir entonces, a los escuálidos bolsillos de los locales?

Cada pueblo es una calle de la gran ciudad nacional y es responsabilidad de todos los habitantes asegurar su subsistencia y su belleza.